Guzman el Bueno

Dice la famosa leyenda, que Guzmán el Bueno lanzó su cuchillo desde las murallas del castillo a los sitiadores que habían secuestrado a su hijo menor. Antes que sucumbir al chantaje y tener que entregarles el castillo, prefería que éstos mataran a su hijo con su propio cuchillo.

Eran las 06:57 de la mañana y no sabía si me entró un escalofrío por el mero pensamiento de perder a un hijo de esta manera o simplemente porque había una ligera brisa fresca de levante en las calles de Tarifa. Pero por mucho que Sancho IV te prometiera tierras y títulos nobles, yo prefería ir a pescar.

A las 07:00 horas había quedado con Víctor delante de su barco alquiler de pesca en el pantalán 2 del puerto deportivo de Tarifa. Y ahí estaba a las 7 en punto, cosa rara en mi! La Rodman 980 tenia un aspecto impoluto y las cañas de spinning y jigging estaban todas preparadas; no quedaba ningún cañero disponible.

Mientras nos saludábamos, Isidro ya había desamarrado y estábamos saliendo por la bocana del puerto. Aunque la previsión era de calma chicha, había una buena brisa de levante nada mas salir del puerto. Víctor explicaba que era el punto donde mas pega el viento y anunciaba que el mar iba a estar perfecto ese día.

15 minutos

Pusimos rumbo hacia el oeste para ir a practicar jigging ligero en los bajos, delante de Bolonia y Punta Paloma. Mientras contemplaba el fascinante escenario del Estrecho, veía cómo entraban y salían los buques de carga del Mediterráneo. A babor tenía los pueblos de Marruecos y el Atlas de fondo. En la estela del barco se adivinaba la roca de Gibraltar que se escondía detrás de Tarifa. Cada vez que visito este fantástico sitio me quedo impresionado de la belleza del Parque Natural del Estrecho.

No llevábamos ni 15 minutos navegando cuando Ramón empezó a gritar excitado «atunes!!», mientras cogía rápidamente una caña de spinning con un paseante que parecía una barra de pan de lo grande que era. El señuelo tenía muchas marcas de picadas y le faltaba pintura por todos los lados. Estaba claro que varios atunes ya lo habían maltratado. Acostumbrado a ver los atunes de 30 – 40kg por la costa catalana, me quedé atónito al ver el tamaño de los atunes que estaban cazando en superficie. Calculaban que eran de unos 100kg – 150kg y era impresionante ver la agresividad con la que cazaban.

Pudimos acercarnos bien a la primera «refollada» y al segundo tiro Ramón ya tenía uno enganchado. Apenas podía levantar la caña durante la primera carrera. Después de unos minutos, pudo recoger algo de línea, pero en la segunda carrera pegó unos golpes tan fuertes y violentos que rompió el trenzado nuevo de 80lb de cuajo.

Estuvimos persiguiendo un rato más los atunes, pero no era a lo que habíamos venido. Queríamos hacer jigging ligero. Así que fuimos directos hacia los bajos, en el lado Atlántico del Estrecho.

Jigging ligero

Conforme nos íbamos acercando a la marca, había cada vez menos profundidad. Pasamos de más de 500m a casi 70m. Preparamos las cañas con inchiku de unos 150gr y apareció el secreto: había que poner unas tiras de calamar en cada anzuelo del señuelo. Ya había visto este truco en Isla Morada (USA) donde ponen una gamba en el anzuelo del señuelo y funciona de maravilla.

Paramos el barco – la sonda marcaba 70m – y no me podía creer todo el pescado que marcaba en el fondo. Había movimiento en toda la columna de agua, pero abajo, en el fondo se apreciaba una cantidad de pescado que en aguas mediterráneas nunca había visto. No sé si era porque la pantalla de la sonda era grande o porque tenia muchas ganas de pescar. Pero la cosa pintaba bien: había mucho pescao ahí abajo. En la pantalla apareció – lo que yo pensaba que era – una gran roca en el fondo. No me lo podía creer cuando me dijeron que era un banco de “comezón” – ¡increíble!

Víctor dijo que ya podíamos soltar los jigs. Había bastante corriente, así que cada uno lanzaba por turnos el señuelo en dirección contraria de la corriente. De esta manera se podía pescar de manera vertical durante un rato. Al caer el jig, había que estar muy atento para apreciar cuando había llegado abajo. Con tanta corriente se forma una parábola en la línea que hace que no sea evidente saber cuando ha tocado fondo.

Yo empezaba a hacer slow jigging, recogiendo poco a poco, moviendo el jig con movimientos rítmicos. Cuando me vio Víctor, me dijo amablemente que ellos no pescaban así por aquí. Me explico que una vez había tocado abajo, había que subir unos metros y mantener la caña prácticamente quieta para notar las picadas – el mar y las corrientes ya creaban suficiente movimiento. Los primeros segundos eran cruciales ya que los partos y voraces inmediatamente venían a por el calamar. Si dejabas de tener picada es que se habían comido todo el cebo fresco. Así que había que ser rápido! …y tener algo de practica. Evidentemente los de a bordo no lo hacían por primera vez y en cuestión de segundos, Ramón ya tenia la caña bien doblada. Con una gran sonrisa preguntaba irónicamente a los demás que «si no sabéis pescar o que pasa?» Subió un pargo muy bonito de unos 2kg – pequeño para su gusto – pero enorme para mi!

Volvió a bajar y acto seguido clavó un “voraz”, nombre local para los besugos. Hay que decir que los que subían eran de absoluto récord para mis estandartes, sin embargo eran normales para ellos. Una vez habíamos pasado las piedras, volvimos a remontar para hacer otra deriva. Copié la técnica de mis amigos y nada mas tocar el fondo enganché un besugo muy bonito que me dio un buen combate.

Unos meritos

Después de haber hecho unas cuantas derivas y haber cogido una buena cantidad de pargos y besugos, la tripulación decidió cambiar de sitio para coger unos “meritos”. Al oír esto, se me arqueó la ceja pensado que me estaban vacilando: como si se cogiera un mero cada día, no?

Escéptico veía como nos acercábamos a la playa de Bolonia donde están las ruinas romanas de Baelo Claudio que datan del Siglo 2 AC hasta el Siglo 5 DC. Fue un puerto base ideal para conectar con la vecina Tingis, el actual Tanger y además tenía una importante producción de salazones, pesca y la famosa salsa Garum, muy apreciada por la alta burguesía en Roma. La pesca debía ser espectacular ya que la almadraba y la captura de atún rojo eran la principal actividad de la ciudad.

Quedaba poco tiempo para soñar porque había que montar vinilos de 150gr para pescar un unos 50m – 70m de agua. Víctor explicaba que íbamos a pescar en un sitio con menos pargos y voraces, pero con mas meros. Llegados al sitio observamos enseguida que había mas corriente que antes. Al tocar fondo, había que levantar el señuelo rápidamente del fondo para no enrocar. Empezamos a pescar. No estuvimos ni 15 minutos cuando Ramón ya gritaba que tenia uno. Yo me decía a mi mismo «si, hombre! qué vas a tener un mero – si estas enganchado en el fondo… – ¡¿como va a ser un mero?!» – Pues si, era un mero – y además de unos 12kg. … ¡yo no me lo podía creer!

Funcionaban bien los vinilos. Además había que cerrar bien el freno, porque en caso de picada, había que levantar el mero del fondo y evitar a toda costa que se fuera para abajo. Si les das algo de cuerda se pueden enrocar fácilmente y es imposible sacarlos de ahí.

Tuvimos que remontar para volver al sitio ya que la corriente de unos 3 nudos nos había arrastrado en dirección de Tarifa. En la segunda deriva tuve suerte yo y enganché uno de algo menos de 10kg. Después Isidro y Víctor también cogieron un mero cada uno, todos del mismo calibre: unos 10-12kg. Lo curioso es que si no pescabas en el punto X marcado en el GPS, no había ni picada.

Al ver que la mañana había avanzado decidimos ir volviendo para estar a las 14h en el puerto porque los chicos tenían otra salida de pesca de altura por la tarde. A la vuelta pasamos por el medio del Estrecho para ver si volvíamos a encontrar los atunes, pero no hubo suerte. Desde el fly se veían delfines y ballenas por todos los lados pero nada de atún.

Ya en la playa con mi mujer, me iban llegando los Whatsapp de Víctor comentando la salida de pesca de altura. En total cogieron 4 atunes aquella tarde, misiles de 150kg hasta 170kg.

Había pasado una mañana de pesca espectacular en un entorno que recordaré para siempre. Víctor, Ramón e Isidro me enseñaron técnicas nuevas y – aparte de ser encantadores, saben pescar como nadie. ¡Volveré! no sé si esperaré un año para volver a pescar en el Estrecho de Gibraltar.